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miércoles, 1 de abril de 2009

Académico del Diploma Virtual en Gestión Cultural
Mauricio Rojas: “La modernización puede ser incompatible con la preservación del patrimonio”

Una investigación de corte antropológico llevó a Mauricio Rojas por varias semanas a Valparaíso, para estudiar los movimientos ciudadanos de defensa del patrimonio que se han levantado últimamente en el barrio puerto, el corazón histórico de la ciudad. Profundizamos con él en dicho estudio, estableciendo cruces con los contenidos que Rojas aborda en el módulo Identidad y Territorio, que hoy imparte a los alumnos del Diploma Virtual en Gestión Cultural.

Mauricio Rojas es Magíster en Antropología y Desarrollo de la Universidad de Chile. Hoy se encuentra desarrollando la segunda parte de una investigación comparada sobre dos casos de defensa del patrimonio, uno mexicano y otro chileno, en el marco de un doctorado en Antropología que cursa en la Universidad Autónoma Metropolitana de México.

Para ello estuvo en el barrio puerto de Valparaíso durante varias semanas, donde hoy existen dos proyectos de inversión comercial que, según la opinión de algunas agrupaciones ciudadanas, amenazan la riqueza patrimonial del sector.

¿Cómo despierta tu interés por los movimientos ciudadanos de defensa del patrimonio?
- Este es un estudio que forma parte de un doctorado en antropología cultural que estoy haciendo en México. En principio, la investigación iba a estar orientada sobre políticas culturales, pero estando allá, en 2004, me llamó la atención el tema del patrimonio cultural, porque en Ciudad de México era bastante discutido y analizado. En Chile, en cambio, era un tema emergente, motivado más que nada por la nominación de Valparaíso como patrimonio de la humanidad. Mi idea, entonces, fue observar cómo estos dos países y sus autoridades trataban el tema del patrimonio, buscando similitudes, diferencias. México tiene una tradición muy grande en lo que es patrimonio arqueológico, pero a mí me interesaba más el patrimonio urbano y cómo se ha desarrollado una política cultural en relación con este patrimonio. Siempre pensé hacer un estudio comparado entre Chile y México, porque son dos países con mucha riqueza cultural que han abordado el tema patrimonial de manera distinta; México, rescatando una identidad indigenista y Chile inclinado más bien hacia la modernidad europea. Haciendo esta comparación, además, me di cuenta que había algo común: en ambos países había movimientos de resistencia ciudadana o de defensa del patrimonio. Ahí hice el giro, abandoné definitivamente las políticas gubernamentales para enfocarme en los movimientos ciudadanos y me dediqué a elegir los casos de estudio.

¿Cuál es el caso mexicano elegido?

- Se trata de un barrio de ex obreros llamado La Fama, donde antes existió una fábrica, la Fama Montañesa, que quedó abandonada luego que la competencia china la mandara a la quiebra hace veinte o treinta años; algo parecido a lo que en Chile pasó con Yarur o Sumar. Cierra entonces esta fábrica y los empresarios mexicanos se manifiestan interesados en el lugar para construir allí un mall -que allá se llama plaza comercial-, lo que es una práctica sobre ex fábricas que se viene desarrollando hace más de diez años. Pero en La Fama, los hijos y nietos de los ex obreros se organizan para impedir la construcción de un mall. Dicen preferir que la fábrica esté vacía a que les instalen allí un centro comercial. Dicen querer preservar su memoria: ‘Este es nuestro barrio, nuestra identidad, aquí trabajaron nuestros abuelos', afirman. En definitiva, y aquí entroncamos con los contenidos que yo trato en el Diploma, ellos afirman que el lugar y entorno de la ex fábrica es su territorio, lo han habitado a su manera por más de 120 años y lo quieren seguir habitando así.

¿Y qué pasa hoy con este caso?

- Bueno, la disputa sigue. Los vecinos lograron una declaratoria de monumento histórico sobre la ex fábrica y con eso frenaron cualquier plan muy expansivo. Igual instalaron allí un supermercado, pero las iniciativas comerciales no han podido expandirse más. Poco antes de venirme a Santiago pasó algo muy curioso. Cruzando la avenida Insurgentes, que delimita espacialmente el barrio La Fama y cruza toda Ciudad de México, hay una cancha de fútbol de tierra. El plan de la municipalidad -que allá se llama delegación- ofreció empastar esta cancha a cambio de instalar allí estacionamientos subterráneos y un centro comercial. Pero los vecinos de La Fama, quienes sabían que aquella cancha había sido el centro deportivo de los obreros, donde realizaban sus campeonatos de béisbol y fútbol, cruzaron la avenida para pelear porque esa cancha siguiera de tierra, para que no hubiese estacionamiento ni centro comercial. La delegación les dice que este sector no está en su barrio, que por qué se meten ahí. Y, claro, los vecinos de La Fama consideran que su territorio no está enmarcado por lo que la delegación les dice. Intuyen que el territorio es todo el universo simbólico que giró en torno a la vida de los obreros. Lo interesante aquí es que el valor patrimonial pasa de lo tangible a lo intangible; la idea de territorio es lo que culturalmente se habita, no un límite administrativo. Cuando me vine todavía estaba esa pelea.

¿Y por qué el caso chileno es el barrio puerto?
- Antes de venirme a hacer el trabajo de campo a Chile, ya me había decidido por Valparaíso, porque están todas las miradas sobre la ciudad, desde el gobierno central hasta el municipio. Ya había tomado contacto con algunos movimientos ciudadanos de defensa del patrimonio, pero cuando llegué me encontré con un problema metodológico: en México estaba estudiando un territorio, por lo tanto acá no podía estudiar Valparaíso en general. Era muy desproporcionado comparar un barrio con una ciudad. Entonces, al achicarme territorialmente di con los conflictos del barrio puerto. Me interesa este lugar porque es el casco que se declaró patrimonio de la humanidad y el barrio tiene un componente popular considerable. Aquí la gente está involucrada en dos peleas: una en torno a la construcción de un centro comercial en la ribera del puerto, un proyecto de oficinas y mini mall, y otra que está relacionada con la instalación de un supermercado al lado de la iglesia La Matriz.

¿Y qué hay de interesante en estos conflictos?

- Creo que estamos en presencia de un conflicto patrimonial donde los ciudadanos están activos y que tiene un alto componente territorial, ya que el barrio puerto es un cimiento histórico de Valparaíso. Aquí, como en México, nos volvemos a encontrar con dos visiones: para las autoridades, la manera de reavivar este sector es que llegue inversión privada, y para los movimientos ciudadanos relacionados con lo patrimonial, esto se hace potenciando los recursos locales, lo que tiene de característico este lugar, sin pensar en reemplazarlo por un mall, centros comerciales o supermercados. Entonces, la disputa por el supermercado se transforma en una disputa simbólica: el supermercado es la manera de mercado de lograr desarrollo versus una manera de vivir, de habitar un territorio, que contempla el almacén del barrio, lo que responde a otro modo de desarrollo.

Entiendo que hiciste un rastreo histórico sobre conflictos urbanos con carácter patrimonial, ¿qué encontraste?

- Creo ver una oposición a un modelo de desarrollo, el que podríamos llamar ‘modernizador', en la manera como se está enfocando la defensa de los barrios patrimoniales por parte de los movimientos ciudadanos, tanto en Valparaíso como en Ciudad de México. En el libro ‘Todo lo sólido se desvanece en el aire', de Marshall Berman, se describe un problema fundamental de la modernidad y es que se destruye a si misma. Todo lo que hace sólido luego lo consume, lo destruye; construye para destruir. Berman asocia esta idea a un pensamiento modernizador. Y mi hipótesis central dice relación con aquello. Si la razón de ser de la modernidad es esta destrucción, entra en directo conflicto con la preservación del patrimonio. En otras palabras, si todo lo que se construye es para ser destruido desde la perspectiva de la modernización urbana, ¿qué hacemos con el patrimonio?

Con esta reflexión, comencé a rastrear casos: París, San Petersburgo, Nueva York, Río de Janeiro, Sao Paulo, Ciudad de México. En Nueva York, por ejemplo, se destruyó la idea de barrio para reemplazarlo por la idea de suburbio y luego para hacer carreteras, que es otro momento de la modernización. Cuando se modernizó la ribera marítima en Río de Janeiro para que llegaran los turistas, se pensó en suspender el carnaval porque era considerado bárbaro. Sao Paulo, a mediados de los años treinta, destruyó los barrios históricos para construir una nueva periferia de clase alta. Entonces, siempre que se ha querido modernizar las ciudades, se ha atentado contra la historia y sus propias tradiciones.

Con todos estos ejemplos, ¿la modernización urbana definitivamente no es compatible con la preservación del patrimonio?

- La aproximación a la que he llegado es que son incompatibles. Sobre todo ahora, con el modelo modernizador tan tecnócrata que existe, más agudo, con poca intervención del Estado.

¿En Chile es así de radical el modelo, contrario a todo lo que sea patrimonial?

- No del todo, aunque todavía se asocia modernización a modernidad, como si fuesen sinónimos, y todo el debate hoy en día apunta a distinguirlos. Una cosa es la modernidad, es decir, el pensamiento ilustrado, y otra cosa son los planes de modernización, que alcanzaron una autonomía de tal magnitud, que ya es difícil asociarlos a los valores modernos. Modernidad era constituciones de estados nación, fortalecimiento de lo público versus lo privado. En nombre de la modernidad, por ejemplo, la revolución francesa expropió todos los bienes de la monarquía de la iglesia. Lo mismo los estados europeos en el siglo XIX, los que constituyeron su patrimonio a partir de expropiaciones a los privados. Entonces, es muy curioso que ahora se diga lo contrario, que la modernización es el respeto absoluto de lo privado, siendo que las colecciones patrimoniales arquitectónicas se hicieron expropiando a privados. Ésta es una gran paradoja que hoy se discute y hay una corriente de pensamiento que sostiene que modernidad no es lo mismo que modernización. El modelo chileno no ha tenido este nivel de teorización y en la confusión claramente hay un sello, una intencionalidad modernizadora, pero también veo algunos componentes, tanto locales como gubernamentales, ciertas personas y programas, todos los cuales mantienen una cierta línea moderna. Todavía hay tiempo para preguntarse: ‘bueno, esto lo vamos a hacer a la manera moderna, donde al Estado y lo público se le da un valor, o a la manera modernizadora, donde todo lo dejamos al mercado'.

En el caso del barrio puerto, ¿qué es lo que sostienen los movimientos ciudadanos de defensa del patrimonio para discutir este argumento modernizador?

- La población obviamente está dividida. No todos están contra el supermercado, pero lo más curioso es que quienes están a favor lo están por un tema de seguridad, más que por un tema de empleo. Ahora bien, si el tema es la seguridad, hay muchas otras maneras de resolverlo, pero la gente hace esta asociación porque piensa que con el supermercado habrá más actividad, iluminación, guardias privados. Pero, quizás, esto da cuenta de una carencia de política pública y de una manera de pensar de la gente, la que se acostumbró a creer que el mercado es más eficiente para resolver los problemas que la política pública. Aquí en el barrio puerto se hizo una inversión de casi un millón de dólares en recuperar los espacios públicos, pero si esto no va asociado efectivamente a una política de recuperación integral por parte del municipio y del Estado, es muy difícil competir con la propuesta del supermercado. Con esta asociación que se hace entre seguridad y supermercado, queda en evidencia que el Estado no cuenta con una política más fuerte en la recuperación de los espacios públicos que no sea la de darle vida comercial.

¿De qué manera este caso específico te sirve en función de los contenidos que abordas en el módulo del Diploma?

- Primero, es una fuente de inspiración. Hoy en día, las luchas patrimoniales ayudan a entender que el territorio no está limitado a un espacio físico geográfico, sino que es permeable por una significación cultural, y el módulo Identidad y Territorio que yo desarrollo en el Diploma es para formar gestores culturales. Entonces, hay una conexión inmediata. Si las sociedades y sus movimientos están defendiendo sus territorios y éstos empiezan a significarse como valiosos no porque tengan un castillo ni un palacio, sino porque hay una manera de habitarlos, de construirlos, de sentirse parte de ellos, entonces es necesario poner en escena estos temas para los alumnos, para que sean capaces de entender este tipo de fenómenos y sepan procesarlos. Para que un gestor pueda activar culturalmente un territorio, debe saber qué dinámica hay en él, cómo detectarla, qué se construye allí, si hay planes de los gobiernos locales, si hay miradas de los ciudadanos, etcétera. Porque a todo territorio se lo simboliza como tal, se genera una identidad a partir de él, una distinción con los otros. Esto responde a procesos simbólicos más que a económicos o geográficos.

Entonces, ¿es crucial la acción de los gestores culturales en escenarios como éstos?

- Cuando se avecina un conflicto la gente comienza a valorar su patrimonio. Además de lo que sucede con los movimientos de defensa del patrimonio en Valparaíso, está el caso del cine Las Lilas en Santiago; en Ñuñoa se está en plena pelea por el plan regulador; en Chiloé, por el puente. Está también la gente que no quiere un casino en Isla de Pascua. Al parecer, tenemos una transición cultural respecto del patrimonio, desde una nominación del Estado hacia un rol más activo de la gente. En Chile, esto es un proceso emergente, pero va sumando fuerzas. Y creo que los gobiernos van a tener que pensar en ello, porque luego se van a encontrar que con cada plan de renovación urbana, de modernización, van a aparecer actores territoriales que deberán considerar. De ahí la importancia de tener muy buenos gestores culturales a nivel territorial, que puedan desencadenar procesos, que puedan trabajar con fundamentos básicos relacionados con el patrimonio, con las nuevas formas de concebir un territorio más allá de lo geográfico, con las nuevas identidades culturales.

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