EL ARTE EN LOS TALLERES... EL ARTE DE DAR TALLERES
(Extracto del libro Universidad Trashumante. Territorios, redes, lenguajes. Autores: Universidad Trashumante y Colectivo Situaciones)
Siempre dijimos que la práctica que nos identifica como trashumantes es el taller de educación popular. El “taller” como estrategia de conocimiento colectivo de la realidad en la que vivimos, como estrategia de acción y organización. En este sentido, en el 2003, ante la necesidad de que haya más compañeros que se animen a ser talleristas, iniciamos como red un proceso de formación a través de seminarios, en los cuales nos encontramos todos para formarnos seriamente en la temática, sabiendo que de acuerdo a nuestra experiencia, como educadores estamos atravesados necesariamente por las diferentes miradas que conforman toda práctica social: política, estética, ética y artística. En relación a la mirada artística, haciendo un poco de historia, ya en la gira del “Quirquincho” de 1998 teníamos la idea que lo intelectual y lo artístico debían estar “unidos”. Por eso, en aquel entonces lo artístico formaba parte de la estructura de nuestros talleres. Estábamos comprobando que la transformación de la realidad no se lograba sólo a través del pensamiento; y en la práctica, pudimos ver la transformación de las personas en el taller, cuando no sólo la razón, sino también el “cuerpo todo”, se involucraban en la reflexión de la realidad. Pudimos ver cómo, luego de “pre-sentar el cuerpo”, se transformaba esa forma de “estar” en el taller.
Este año (2004), pensando en los procesos que venimos haciendo, recordamos las palabras del Tato en la Gira del 98’. Él decía siempre que al finalizar la gira, la persona que coordinaba el taller de reflexión tenía que terminar coordinando el taller de arte y viceversa. ¿A qué se refería? Eran intuiciones de que, si bien lo artístico estaba presente en la estructura del taller, había algo que todavía estaba “separado”. En aquel entonces, lo “artístico” estaba planteado como un momento específico, acotado, realizado en la mitad de la discusión, desde el teatro o la danza y coordinado sólo por personas que se dedicaban a dichas disciplinas. Como un taller dentro del taller de reflexión. Había un tallerista que coordinaba la reflexión y otro que coordinaba lo artístico.
En julio de 2004, en el Seminario de Formación realizado en San Luis, nos damos por primera vez, como red, un espacio concreto para compartir y profundizar las miradas, experiencias y recorridos que veníamos teniendo en relación al arte en los talleres. Nuestra propuesta como grupo, para el trabajo en dicho seminario, partió de preguntas que nos veníamos haciendo en relación a: ¿qué tiempo le dedicábamos a lo artístico en el taller? ¿Qué espacios? ¿Quiénes lo podían coordinar? ¿Qué cosas hacíamos y cómo? ¿Qué provoca en la gente ese momento artístico en el taller de reflexión? ¿Qué diferencias encontramos entre las “técnicas participativas de educación popular” y el arte trashumante?
Y nos animamos a pensar que “la pata” más dura de la trashumante, venía siendo la artística, en el sentido de que, de algún modo, no acompañaba el camino recorrido en lo “intelectual”. Algunas veces, el trabajo que hacíamos desde lo corporal era dogmático, anticipatorio, rígido y cerrado. En el sentido de que puede producirse cierto acostumbramiento y se corre el riesgo de caer en una técnica, dejando de lado lo estructural de la propuesta.
A partir de lo discutido en San Luis, nos dimos cuenta que en el andar
de estos años pudimos ir acercando cada vez más las palabras y los gestos, las emociones y las razones, las miradas artísticas e intelectuales. Podemos decir, que hemos realizado un avance cualitativo con respecto al lugar que tiene el arte en los talleres de reflexión. Volviendo a las preguntas que nos planteamos en el seminario y retomando las discusiones y experiencias que tuvimos, podemos decir que:
a) ¿Cuándo, en qué momento? Rompiendo con el tiempo: el arte atraviesa todo el taller, puede estar al comienzo, al final, al medio, etc.
b) ¿Quiénes? No necesariamente bailarines, plásticos, actores, etc. Todos podemos hacerlo. Es el mismo tallerista, como educador, el que tiene que posibilitar y provocar en los otros el movimiento y la palabra. Pero antes tiene que ser capaz de sensibilizarse él mismo, de apropiarse de la capacidad creadora que todos tenemos, de bailar, cantar, emocionarse. De la misma manera que tiene que animarse a teorizar y realizar lecturas desde el pensamiento. Tiene que animarse a vivir lo que llamamos la “trashumancia interior”, revolucionarse a sí mismo, para poder revolucionarse luego con los otros. Si decimos que, como educadores populares, debemos partir siempre del contexto cultural, político, ideológico de los participantes, entonces el educador tiene que ser sensible, tiene que tener un recorrido dentro de él reconociendo su estética, su arte, su ideología, su ética. Esta es la formación que necesitamos y estamos haciendo.
c) ¿Qué provoca? El darnos cuenta que todos tenemos la capacidad de explorar una dimensión de lo artístico, como todos somos capaces de realizar lecturas de la realidad, de teorizar. Hay que posibilitar el acceso a todos. Y esto es lo político. El taller atravesado por todas las dimensiones que hacen a la esencia del ser humano, como posibilidad de crear mundos nuevos.
El arte nos permite buscar códigos o crea espacios para crear códigos
comunes y el código común es el cuerpo…
d) ¿Cómo lo ponemos en práctica? Cuando decimos “arte” estamos apelando a lo “pre–expresivo”. Con pre–expresivo nos referimos a cómo nos conectamos con esa posibilidad de crear que todos tenemos: cómo nos paramos con nuestro cuerpo, cómo miramos y caminamos para ir hacia el encuentro con el otro. Sabemos que en el hecho educativo no sólo participa la razón, sino que también ponemos en juego nuestros deseos, nuestras pasiones, nuestros miedos. Y esto puede expresarse a través de diferentes lenguajes, no sólo desde la palabra. Nosotros confiamos en la multiplicidad de lenguajes que tenemos como seres humanos para comunicarnos y encontrarnos con el otro…y es ahí donde ingresa lo que llamamos la expresión artística, o mejor dicho, lo pre–expresivo. Hablamos del arte con el que todos vivimos, el que forma parte de nuestra historia y nuestra identidad, el arte donde todos participamos como seres creadores y transformadores del mundo. Nos referimos a lo típicamente humano que es la producción de sentido.
Fernando Albrech, un compañero trashumante de Hersilia (Santa Fe), luego de la vivencia del seminario en San Luis, escribió algunas reflexiones que consideramos sintetizan lo que estamos pensando como trashumantes con respecto al arte en los talleres. Por eso nos parece importante citar sus palabras:
“Algunas consideraciones a partir de la experiencia del “taller de arte” en el taller trashumante:
a) En un principio, si bien la idea y la intuición que hicieron presente al arte en los talleres trashumantes venían de aquel sueño –aún imposible en ese entonces – del circo criollo, no lograban desplegar en los mismos, todo lo que en las ideas y la intuición se prefiguraba. Quizá esto nos sirva para confirmar una vez más que es la práctica la que nos irá moldeando, dando elementos, abriendo posibilidades para la superación conceptual–intuitiva, para volver mejor después a la práctica haciendo quizá que ésta se conecte cada vez más en su espíritu–energía–idea, con lo que una vez fue un sueño, esperanza, utopía, representación del porvenir. Aunque de seguro surgida ésta de la reflexión posterior de la realidad y de la práctica antes vivida, la que antecede al sueño. Y todo sueño, sabemos, no es en sí mismo y por sí mismo sino como consecuencia de una existencia previa que se sabe inacabada, injusticiada, incompletada, indiferenciada y que por tanto se abre al deseo que lo pone con esperanza a caminar y soñar para buscar la completitud, por otro lado, nunca alcanzable.
Volvamos al taller de arte, del que decía que en sus inicios no llega a desplegar toda su intencionalidad, para poder ver un poco más de cerca lo que a partir de él se fue generando. Algunas de las implicancias que los espacios artísticos tuvieron en los talleres trashumantes fueron, por un lado, el “servir” entre los sectores populares muy sufrientes como espacio de distensión, de divertimento, de alegría, como posibilidad de soltar la risa, como oasis frente a la abrumadora realidad de sus existencias; mecanismo este de alegrar que para nada es alienante y distractor, sino todo lo contrario: conecta a las personas consigo misma y los demás y se convierte en signo de la sociedad que queremos construir, sin saber mucho cómo hacerlo y cómo será esa sociedad. Esto me hace afirmar algo que puede o no ser cierto, pero que por las experiencias recogidas me parece necesario: el arte ha de ser motivo y causa de alegría, sino raramente será arte.
b) A partir de lo antes dicho surgirá por oposición, si se le da al taller de arte solo esta “funcionalidad” –pues justamente será funcional por ser sólo alegrador- entonces sí correrá el riesgo de no relacionarse con las otras partes del taller, es decir, la de la problematización del mundo, la reflexión y la búsqueda de prácticas para hacer algo diferente a la propuesta del mundo (entendida como la propuesta del neoliberalismo globalizado).
Entonces sí el taller de arte puede parecerse a un momento solo distractorio. Es por esto que cada vez más, la misma dinámica de los talleres artísticos se fueron empapando de la dinámica estructural del taller trashumante, del que eran y son parte. Pues así como se problematiza el mundo, también se comenzó a problematizar el arte y a problematizar al mundo desde y con el arte.
c) De aquí en adelante, el taller de arte irá cobrando cada vez más relevancia, y si bien en algunas ocasiones siguió siendo utilizado como distendedor, ya no quedaron dudas de su articulación, provocación y significación en lo y con lo político pedagógico. Así se comienza, ya sea desde la danza o desde el teatro y lo fuertemente corporal, a estructurar un taller artístico que no sólo se nutre de la estructura del taller trashumante sino que además entra en diálogo con él, desafiando ahora sus estructuras.
El taller artístico quedará entonces estructurado de una manera precisa, lo que no quiere decir que sea la única, ni que no se pueda modificar; pero sí será la base de los aprendizajes a través del camino recorrido. Pero antes de hablar de los momentos del taller artístico es necesario mencionar que todo lo que venimos diciendo ha sido puesto de relieve y aclarado por los cumpas del trashumante cordobés, quienes de algún modo han estado en los inicios de la Red. Es en el último seminario de formación donde se plantea la posibilidad, y se concreta, de tomar todo un día para reflexionar sobre el arte, desde el arte, con mucho arte. Allí surge esto que desarrollaré en adelante: los momentos del taller y algunas cositas más que iré mechando, a partir de la experiencia vivida en ese seminario de julio del 2004 en San Luis. Primer momento: la parada, que tiene que ver con el ser sujetos, sabernos sujetos, decir aquí estamos, este es nuestro lugar, nuestros lugares, estos somos, este soy yo y estos somos nosotros. Es comenzar a re-conocer el todo que somos, entrando en contacto consciente con cada parte de nuestro cuerpo, buscando la armonía, poniendo paz, palpando límites, vislumbrando horizontes. No es cualquier parada, es pararse con dignidad, aunque cueste, aunque estemos doblados, aunque no tengamos todas las fuerzas, es la intención del querer ser y decidir querer serlo mientras vayamos siendo con otros. Es reconocernos y reconocer al otro, poder ver de dónde vengo y oteando el horizonte arrancar para ir y ser. Parar (la parada) es la que nos permite andar, es al cuerpo y en el taller de arte lo que el mismo taller trashumante es a nuestras prácticas cotidianas revolucionarias (cuando lo son). Parar no está mal, lo malo sería si nos quedáramos parados. Parar para mirar, para oír, para sentir, para recobrar fuerzas, para orientarse, para volver a partir. La parada es un momento del cuerpo, del alma, de la razón. Es calmar el agua del estanque, para ver hasta el fondo, para que cuaje la identidad y se abra a lo que devengamos. Es el espacio de los pequeños momentos expansivos, desde la quietud al movimiento, cada vez más desde lo parcial a lo integral, y desde lo personal a lo colectivo.
Un segundo momento es el que llamaron el caminar: Poner en movimiento el cuerpo, caminar, andar, recorrer el espacio, tomarse los tiempos y decidir los tiempos, caminar con ritmo, con distintos ritmos, conocer nuestro ritmo, nuestro caminar. Es ir a otros lados, a los otros, pero también es ir mientras otros van, es encontrarse en el camino con uno mismo y con el diferente, con el compañero. Caminar no es solo moverse, es saber moverse y aprender a moverse, desde las posibilidades de uno y desde lo que del otro y con el otro aprendo. Caminar es buscar un horizonte sin dogmatizar el horizonte, buscando nuevos horizontes. Es comprender el espacio, ocupar el espacio, ser en el espacio y en el tiempo. Es hacer que sean uno lo que deseo y quiero, con mi mirada que busca la dirección y el lugar a donde encontrar eso que busco, con mi espíritu que esperanza y mis ideas que me dicen que es posible; pero para que sea posible tengo que ir, moverme, con mi cuerpo que entonces se mueve, va, viene, gira, dobla, busca, y mientras tanto siente, siente todo y aprende, los signos del camino, hace camino, a la vez que se muestra camino y caminar, se muestra al andar, enseña. Y aprende y enseña porque no va solo, va con otros, en la misma dirección, o encontrándose, o esquivándose mientras se busca y buscan y se reconocen, y se saben.
Entonces llegamos al tercer momento, de lo individual a lo colectivo, ese caminar se camina con otros, junto a otros, diferente a otros, y es con esos otros que nos vamos encontrando y con los que, sin perder nuestra singularidad, nuestras diferencias, comenzamos a compartir caminos, movimientos, horizontes, ritmos, sueños, al principio con algunos que tengamos cerca, con quienes crucemos miradas, con quienes establezcamos vínculos, con quienes nos rocemos, con quienes nos reconozcamos compañeros/as. De allí, ese pequeño grupo que somos, nos iremos encontrando poco a poco, según como vayamos andando, según qué busquemos juntos, según lo que nos propongamos y cómo miremos y avancemos, o según cómo nos relacionemos, con otro u otros pequeños grupos, sin perder la singularidad de cada grupo como sin perder las singularidades personales, pero construyendo una identidad más amplia y abarcadora, más colectiva, lo que exigirá nuestra apertura, nuestra capacidad de apertura y dialoguicidad con el otro y junto al otro con los otros agrupados. También tendremos que aprender del otro lo que es, busca, quiere, sueña, hace, intenta, sufre, alegra y enseñar al otro lo que somos, queremos, buscamos, hacemos, intentamos, sufrimos, alegramos para comenzar ahora también a andar juntos. Así, lo que comenzó siendo un “yo parado” junto a muchos más, con la necesidad de encontrarme a mi mismo, y que luego fuera camino personal de reconocimiento del espacio y el tiempo, de mi caminar y mis horizontes, se fue convirtiendo en encuentro y diálogo de saberes y sentires, en compartir luchas, intenciones, deseos y esperanzas y en recreación del espacio y el tiempo para que como colectivo podamos ir enseñándonos y aprendiéndonos, construyéndonos y completándonos, desestructurándonos y volviéndonos a estructurar, desindividualizándonos haciéndonos comunidad, potenciando nuestras esperanzas y fortaleciendo la capacidad de lucha, haciendo bello el camino, poniendo en juego el amor que es necesario para hacer del espacio-mundo, del tiempo-humanidad otro distinto al que está dado, al que nos desintegra como personas, el que nos roba la dignidad, el que nos desencuentra con el otro, con el horizonte y el sueño, con la esperanza y el camino, con la justicia y la libertad.
(Hasta aquí los tres momentos que han desarrollado los compañeros del trashumante cordobés a los que yo les imprimí mi mirada personal por lo cual podrán todos deshacerlo, cambiarlo, borrarlo y volverlo a considerar. Ahora sumo otros momentos que me parecían interesantes de agregar, que no son inventos sino que surgen de lo que viví en los talleres).
Un cuarto momento sería la construcción colectiva, que trata de la consecución del momento anterior, pero donde ya entre todos, en grandes grupos –a partir del encuentro, el diálogo y el estar aprendiendo y enseñándose y compartiendo lo que cada uno es y desea y puede-, se proponen una construcción común que contenga y exprese a cada persona con todo lo que trae, y que a la vez posibilite y genere una dinámica y proceso, una estructura y una manera de hacer andando que se disponga a nuevas relaciones, encuentros con otros diferentes, a la vez que vaya generando nuevos espacios de libertad, para que quienes forman parte de esa construcción puedan ir transformándose, completándose, dignificándose y construyéndose también como personas. Lo que se genera es una identidad, no para aferrarse a ella, sino para transformarla luego en otra, de tal manera que esta construcción a la vez que genera una forma de ser, está siendo; y por eso será una identidad destinada a ya no ser para ser otra distinta, y en ese movimiento dar la posibilidad a los hombres y mujeres a que vayan siendo protagonistas de la felicidad que deseen, puedan y luchen esperanzada y colectivamente ser.
Y porque en toda “parada”, “caminar”, encuentro “colectivo” y “construcción”, está siempre la tentación, la lógica, la invitación a no ser, a disgregarse, a dividirse, a deshacerse, a conformarse, a quedarse, a inmovilizarse –que no es lo mismo que parar–, a amoldarse, a masificarse, a consolarse, a resignarse, a ocultarse, a objetivarse, a fatalizarse, a corromperse –de corroerse–, a abandonarse, es que tenemos, personal y colectivamente, que abrir un quinto momento: el de la segunda parada crítica colectiva. Que consiste en revisar, hurgar, revolver, investigar, analizar, reflexionar, comprender y criticar todo lo vivido, caminado y construido desde lo vivenciado y ocurrido con cada uno, hasta lo sucedido a nivel colectivo. Si bien podemos separarlo de los otros momentos, este proceso también se va dando durante las etapas anteriores. Sin embargo, si aquí lo ubico como subsiguiente del momento de la construcción, es porque posibilitará poder entender más ordenadamente qué nos estuvo pasando, qué estuvimos haciendo, qué se fue generando, qué contradicciones nos aparecieron, cuáles desaparecieron o se polarizaron, qué dificultades tuvimos y cuáles superamos, qué nuevos conocimientos generamos y qué otros intuimos, y cuáles desaprendimos o desechamos. Hacia dónde fuimos, qué esquivamos, qué quisimos y qué no pudimos o qué sí pudimos, quiénes éramos cuando empezamos y quiénes ahora, qué deseábamos y que deseamos, cómo estábamos en la “parada” y cómo ahora, qué nuevas paradas necesito y qué nuevos caminos, qué otros encuentros y con quiénes y para qué construcciones.
Todo esto, a la vez que va siendo reflexión, va siendo teoría (sin dejar de decir que la misma estuvo presente también en cada práctica, a la que llamamos –con Frerie– praxis). Y esta teoría nos puede ayudar a ordenar, buscando algunas categorías que expresen el camino recorrido hasta aquí para poder ver hacia donde seguiremos andando, encontrándonos, construyendo.
Lo que quizá nos demande un nuevo momento, el sexto, el del caminar como proyecto colectivo, otros colectivos y personas que caminen por el espacio-mundo y el tiempo-humanidad siendo diferentes a este “nosotros” sin ser los antagónicos, estando ellos también en una búsqueda que quizá tenga que ser encuentro, nueva construcción, construcciones, camino, caminos, un mundo otro, muchos mundos posibles lo imposible, por eso el arte de “querer cambiar el mundo, parar, caminar, encontrarnos colectivamente, construir, criticar y proyectar cambiar el mundo, hacer que en este mundo quepan muchos mundos, nuestros mundos de plena humanidad”.
Para terminar, nos parece importante citar unas palabras que un compañero dijo en el seminario: “El arte trashumante tiene que ser un arte que nunca se encuentre a sí mismo… y tenemos que estar cómodos en esta incomodidad de la búsqueda. No tiene que tener un cierre”. Eso es, seguir conceptualizando juntos y encontrar puntos de encuentro.
http://www.situaciones.org
OFICINA DE GESTION CULTURAL EN RED CNCA

La Red de Gestores Locales apunta a la constitución de una trama de relaciones entre personas e instituciones que hoy trabajan en Chile por el desarrollo cultural de sus territorios, con miras a fortalecer sus competencias en gestión cultural y a fomentar el intercambio de experiencias y conocimientos.
miércoles, 25 de marzo de 2009
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